CUADERNOS MELANIE KLEIN   NÚM. 10 , MARZO 2018

TERROR SOCIAL, TERROR PSIQUICO. REFLEXIONES ACERCA DEL LIBRO “Unbewusste Zeitgeschichte. Psychoanalyse – Nationalsozialismus - Folge” (Historia contemporánea inconsciente.

Psicoanálisis – nacionalsocialismo – consecuencia)*

 

VERONIKA SIEGLIN**

* Karl Fallend, “Unbewusste Zeitgeschichte. Psychoanalyse – Nationalsozialismus - Folge” (Historia contemporánea inconsciente. Psicoanálisis – nacionalsocialismo – consecuencia), 2016, Viena, Ed. Erhard Löcker, 352 páginas

**Estudios de licenciatura y maestría en ciencias políticas, doctorado en sociología por parte de la Universidad de Marburgo, Alemania; profesora de la Facultad de Trabajo Social y Desarrollo Humano de la Universidad Autónoma de Nuevo León, especializada en el ámbito de la sociología de la cultura y la sociología del cuerpo.

Suelo pasar las vacaciones de verano en mi pueblo natal ubicado en el suroeste de Alemania a unos cuantos kilómetros de la frontera suiza. Durante mis estancias, siempre demasiado cortas, visito familiares y viejos amigos. A una pareja, que conozco desde mi infancia, le guardo un afecto especial. Jamás se nos pasa una oportunidad para tomar un café o para compartir una comida. Sin embargo, en los últimos años nuestras citas se han hecho más inciertas, porque mi amigo W., un hombre de 79 años de edad, sufre de una serie de malestares – náuseas y mareos que le hacen sentirse como si la muerte estuviera a la vuelta de la esquina, vómitos e incremento repentino de la presión arterial – que lo acechan de la nada y lo mantienen por horas en la cama alejado de la luz, el ruido y la gente. A los primeros avisos de un ataque cancela cualquier compromiso o abandona cualquier actividad en marcha por importantes que sean. Aunque los primeros episodios se presentaron después de la jubilación hace ya veinte años, a lo largo de los últimos ocho años sus malestares se han agravado en frecuencia e intensidad. Sospechando de alguna enfermedad grave subyacente, los médicos le han practicado los estudios más diversos y complejos. En vano. Según mi amigo, hasta ahora no se ha podido establecer la causa de sus molestias por lo que ha aprendido a vivir con ellas.

 

Cuando llegó a mis manos el libro “Unbewusste Zeitgeschichte. Psychoanalyse – Nationalsozialismus - Folge” del psicólogo y psicoanalista austriaco Karl Fallend, no me imaginaba que esta obra me abriría un camino a una mejor comprensión de las afectaciones angustiantes, agotadoras y discapacitantes de W. Tal como lo indica el título, Fallend se ocupa de los traumata que el nacionalsocialismo ha dejado no sólo en sus víctimas más reconocidas – los judíos, comunistas, homosexuales y gitanos; los trabajadores extranjeros (polacos, romanos, húngaros, serbios, italianos) confinados en campos de trabajo y/o exterminio – sino también en las familias austriacas de quienes participaron de manera directa o indirecta, entusiasta o resignada en el mantenimiento de la maquinaria política y burocrática fascista.

 

Según Fallend, en Austria el trauma del nacionalsocialismo no ha sido superado hasta ahora. No se ha dado un proceso de reflexión colectiva sincera sobre la complicidad y las diversas formas de participación de la mayor parte de la población en la construcción y el mantenimiento de la maquinaria fascista. Por lo mismo tampoco hay un reconocimiento de la co-responsabilidad individual y colectiva, situación que hasta ahora ha impedido la elaboración de un duelo que podría facilitar el procesamiento de los horrores del pasado político. Al terminar la guerra todo el mundo anhelaban regresar cuanto antes a la ‘normalidad’ y olvidarse de lo sucedido. Pero esto no es posible, dice Fallend.

 

El autor parte de la hipótesis que la inconfesa indisposición de querer comprender, cómo la vida de individuos y familias enteras se ha entretejido con la historia política y social de la entreguerra, ha enterrado bajo un manto de silencio los traumatismos vividos durante aquella época al igual que las creencias, convicciones y visiones de mundo (el pensamiento antisemita, racista, autoritario), los que han constituido el trasfondo cognitivo colectivo que hizo posible que el fascismo, se convierta en realidad política de Austria y Alemania. Pero, advierte Fallend, negar, silenciar y pretender olvidar el pasado no equivale a superarlo. Los afectos perturbadores, los recuerdos martirizantes y los sentimientos de culpa no admitidos se conservan en el inconsciente individual y colectivo y retornan cuando menos se los espera, ya que “por sí mismo el tiempo no sana las heridas” (Fallend, 214).

 

Sensibilizada por el libro empecé a explorar más a fondo la historia de mi amigo W., sobre la cual nunca habíamos platicado de manera más extensa. Resulta que su padre era originario de una idílica aldea bávara situada junto al rio Inn, el cuál separa Alemania de Austria. Al otro lado del río, ya en territorio austriaco, se localiza Braunau, el pueblo que vio crecer a Adolf Hitler. El padre de W. y Hitler fueron amigos desde la adolescencia. Cuando Hitler llegó al poder en 1933, el padre se trasladó con él a Berlín, donde ocupó un puesto en la SS, el temido grupo paramilitar de asalto. Durante una visita en Múnich se enamoró de una muchacha de campo, quien  laboró como empleada doméstica en la residencia de una importante familia de la ciudad, y se casó con ella. En 1938 nació W. y dos años después su hermana G. Hasta principios de 1945 la familia vivió en Berlín. Poco antes de la ocupación soviética se refugiaron en el pueblo natal del padre en el sur de Alemania. En 1946, el padre de W. fue detenido y enjuiciado por crímenes de guerra y condenado a una pena de tres años de cárcel. En 1949 quedó libre y absuelto y se reintegró al seno familiar. El tema del pasado nacionalsocialista no se tocó nunca jamás.

 

El padre de W. había sido todo menos un hombre cariñoso, atento y paciente con su pequeña familia. Gobernó con mano dura a su familia. Múltiples veces W. presenció las palizas que le asestó a su amada madre. Pero los gritos de desesperación del niño y sus intentos de proteger a la madre no ablandaron al padre. Al contrario, su furia se dirigió también contra su pequeño vástago. W. recuerda que a veces su progenitor lo golpeó con tanta fuerza que llegó a perder la consciencia. El encarcelamiento del padre en 1946 le dio un respiro a la pequeña familia. Su madre guardaba la esperanza de que el padre se calmara en la prisión y que su carácter se suavizara. No sucedió así. Retornó tan autoritario, déspota y violento como había ingresado.

 

A los doce años de edad, en 1950, el chico empezó a sufrir de asma y fue enviado por seis meses al Mar del Norte, donde los síntomas desaparecieron. De regreso en el pueblo los ataques de asfixia lo acecharon de nuevo. Después de meses de tratamiento infructuoso, el médico familiar sospechó de un trastorno de somatización y propuso a la familia internar al hijo en una clínica psicosomática. El padre se opuso y el martirio continuó. A los catorce años de edad, el ahora adolescente estaba entre suicidarse o huir. Se decidió por lo último. Había terminado la escuela y se había conseguido en secreto un puesto de aprendiz en un taller automotriz de una ciudad algo más alejada, donde se le ofreció además alojamiento y comida. Se fue sin avisar a la familia. Nunca más retornó al hogar. Años después, un amigo, quien trabajó en Suiza, lo invitó a probar suerte en aquel país. En 1960 entró como aprendiz de técnico de laboratorio en una empresa farmacéutica helvética y fincó su residencia en mi pueblo, a escasos siete kilómetros de la frontera. Su vida parecía dar un cambio. No sólo logró afianzarse en la empresa y hacer carrera, también encontró la mujer de su vida con quien se casó en 1966. Dado que su madre había fallecido tres años antes, víctima de un cáncer de estómago que, según W., le brotó por culpa de su padre, a la boda asistió únicamente la hermana. El padre no había sido invitado. En 1969 nació una hija con una discapacidad física e intelectual severa. La pareja decidió no tener más hijos y volcó todo su cariño y entrega a la crianza de esta niña.

 

En 1986 murió también el padre. W. no participó en el funeral y descartó la herencia que le correspondía por ley. Decía que no quería nada de él. Pero la muerte del padre no puso un punto final a un pasado nunca abiertamente afrontado y mucho menos superado. El padre sigue vivo en el día a día de W. y cuando relata de él, el odio, el desprecio y la repulsa que siente parecen desbordarse.

 

De acuerdo con Fallend (214), la posibilidad de asumir, comprender y superar vivencias traumáticas ligadas a la exposición a violencia extrema, amenaza de muerte y humillaciones profundas depende en buen grado de las características del entorno social: del acogimiento y de la atención comprensiva que la víctima encuentre para hablar sobre lo sucedido, de la escucha paciente de otros que le son significativos y de la confianza de que sus confesiones no sean utilizadas en su contra. A la menor sospecha de que algo de esto falte, que las otras personas no fuesen capaces de comprenderlo o no les importarían las vivencias a contar se fortalece la disposición de guardar el silencio. Es por eso que muchas de las personas, que han sido entrevistadas por Fallend durante su proyecto de investigación sobre el nacionalsocialismo austriaco, han cargado con su pasado a solas y lidian en solitario con las consecuencias que el silencio asumido les ha significado. Mi amigo W. no constituye una excepción de esta tendencia. Pero su caso resulta particularmente complejo, ya que no sigue luchando únicamente con las heridas creadas por un padre cruel y despiadado, contra quien había sentido un fuerte deseo de matarlo; además, en la posguerra su progenitor formaba parte de un grupo de personas social y políticamente indeseadas por su pasado fascista y por ser criminales de guerra. Este pasado político paterno amenazó y comprometió también la vida de su familia. W. optó por enterrarlo bajo un manto de silencio.

 

El sigilo no sólo constituye un mecanismo de autoprotección, a menudo resulta también de la imposibilidad de las víctimas de violencia extrema para encontrar las palabras justas que son necesarias para expresar lo que han vivido. “La falta de palabras permite leer y comprender mucho de la historia individual y social. La falta de palabras es a menudo la única forma posible de que alguien se exprese” [1]1 (Fallend, 2016:224). La imposibilidad de poner un acontecimiento en palabras se relaciona con el carácter monstruoso de lo vivido. La aberración parece ser absoluta. “La palabra se escapa allí, donde una realidad pretende ser total”2 (Jean Améry cit. por Fallend, 2016:224).

 

No obstante, los horrores del pasado exigen ser abordados e integrados en la biografía individual de una u otra manera. Dicho proceso, nos dice Fallend, puede extenderse a veces por décadas; a menudo ni siquiera se logra. Es en esta tensión entre la continuidad de la biografía y la represión de recuerdos y afectos penosos cómo  las víctimas forjan su vida.  Así lo hizo también mi amigo W. En la década de los años setenta construyó con su esposa una casa propia: una gran construcción de madera con la ornamentación y las entalladuras típicas de las casas bávaras, abundantes geranios rojos en las ventanas y un banco de madera en el frente. La casa cuenta con un gran sótano que almacena, además de los enseres comunes, una veintena de armas de todo tipo de calibre que son conservadas bajo llave en cajas especiales. En los noventa W. sintió el impulso de prevenir problemas de seguridad en su casa. Con el tiempo la convirtió en una pequeña fortaleza con sensores en todas las ventanas y puertas que desencadenarían un espectáculo de luz y sonido si alguien intentaría entrar indebidamente a la casa. Finalmente, para poder enfrentar en cuerpo a un eventual maleante guarda por debajo de su cama un machete, que mi esposo y yo le habíamos regalado.

 

¿Qué sentido podría tener el armarse hasta los dientes en un pueblo donde no hay robos ni asaltos, donde la gente no enreja sus propiedades y a veces ni siquiera asegura sus puertas de entrada en la noche? Es obvio que la amenaza no proviene de posibles ladrones. Lo que apremia es el pasado, en concreto, el retorno del padre cruel y despiadado que golpeaba casi a matar a él y a su madre. Aunque muerto desde hace 31 años, este padre de la infancia y adolescencia, a quien nunca había enfrentado y de quien había huido, no se ha ido. Representa para W. un peligro tan real y presente como antaño. Para impedir su retorno ha erigido barreras que, sin embargo, nunca son lo suficientemente confiables y que deben ser reforzadas, ya que el enemigo está siempre al acecho. Las veces que los recuerdos lo toman por asalto por medio de los achaques somáticos, sólo le queda refugiarse en el dormitorio oscurecido aguardando acostado en la cama con los ojos semi-cerrados y sin poder moverse hasta que todo haya pasado.

 

El hecho que mi amigo desarrolló estos trastornos somáticos en la tercera edad no es raro. Al respecto Fallend (225) observó que en exprisioneros de los campos de concentración la pérdida de fuerza física y los cambios que experimenta el cuerpo en la senectud “…hacen revivir experiencias del holocausto y en la soledad de hoy se resiente el dolor del pasado”.

 

A pesar de que el nacionalsocialismo ha sido vencido hace más de setenta años, muchas generaciones de alemanes y austriacos siguen lidiando con los estragos psíquicos y somáticos que una cultura de terror, crueldad y brutalidad ha provocado. Un sinnúmero de personas aún no encuentran la paz interna; continúan huyendo. Empero, los textos de Fallend demuestran que no hay escape posible. El pasado siempre retorna e impela a los sujetos. Se funde con el presente en tanto las vivencias traumáticas no encuentran entrada al lenguaje, no pueden ser contadas y por ende no objetivadas.

 

Los regímenes post-fascistas, que se han instituidos en ambos países sobre las ruinas humanitarias del nacionalsocialismo, han hecho poco o nada para facilitar a la población esta tarea de elaboración del trauma. Ciertamente, han erigido monumentos a las víctimas de los campos de concentración, han creado museos, han establecido conmemoraciones anuales y rituales colectivos para evitar el olvido. Pero nada de esto ha tocado las profundidades del alma. No se han abierto espacios de reflexión colectiva que acogerían a los individuos en su dolor y su espanto y que les abrirían la posibilidad de hablar y de compartir y de sentirse acogidos por una comunidad comprensiva. Mientras la historia oficial clasifica al fascismo como una mera etapa desafortunada de la historia política de Alemania y Austria, con Fallend aprendemos que ha sido mucho más que esto. Penetrando la cotidianeidad y las interacciones  entre las personas, el fascismo ha sido capaz de moldear profundamente las subjetividades; se ha inscrito con sangre y fuego en el alma individual y colectivo y las heridas que ha causado siguen aún sangrando.

 

Los textos que el autor reúne en esta obra rebasan por mucho el estrecho ámbito temático tocado en estas líneas. Sus análisis sobre la continuación del ideario fascista en el lenguaje –en particular, en el chiste al igual que en los dichos, las rimas y las canciones populares– arrojan luz sobre el auge del neo-fascismo en Europa en estos días. Otra sección importante del libro se ocupa de la historia del psicoanálisis mismo: toca la victimización de algunos analistas durante el nacionalsocialismo, la complicidad y hasta colaboración de otros con la maquinaria de terror y las resistencias de la comunidad analítica de encarar esta pesada historia propia después de la guerra. En la última parte edita textos breves de víctimas del terror fascista. Cada una de estas secciones se merece una lectura más cuidadosa de la que podemos hacer aquí.

 

A pesar de ocuparse de un episodio de la historia de Austria, las enseñanzas de este libro rebasan por mucho este estrecho ámbito histórico y geográfico. Es de interés para todas las personas y para pueblos enteros que viven en entornos sociales atravesados por guerras, invasiones militares, regímenes de terror político o de bandas criminales, los que confrontan a los individuos con los límites de lo humanamente soportable.

 

 

1 “In der Wortlosigkeit ist viel an individueller und sozialer Geschichte zu lesen und zu verstehen. Oft ist die Wortlosigkeit die einzig mögliche Ausdrucksform[1]” (Fallend, 2016: 224).

2 “Das Wort entschläft überall dort, wo eine Wirklichkeit totalen Anspruch stellt.”

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